Recetas para el desastre: 5 grandes apuestas de la industria que terminaron en pesadilla
Vamos a analizar cinco de las apuestas más arriesgadas que terminaron en un desastre financiero y artístico, dejando a los estudios con una cocina sucia y una cuenta bancaria en números rojos.
En el mundo del entretenimiento, la ambición suele ser el ingrediente principal de los grandes éxitos. Sin embargo, cuando la arrogancia de los estudios supera la calidad de la materia prima, nos encontramos ante un fenómeno muy similar a lo que vemos en el famoso programa Pesadilla en la Cocina. Imaginemos por un momento a un Gordon Ramsay del celuloide entrando en las oficinas de los grandes estudios de Hollywood. Seguramente lo primero que haría sería gritar que el guion está crudo, que el presupuesto está pasado de fecha y que los directivos están más preocupados por la decoración del restaurante (el marketing) que por el sabor de la comida (la narrativa).
Al igual que esos restaurantes que intentan servir menús de degustación de veinte tiempos sin saber siquiera freír un huevo, la industria del cine y la televisión ha tenido momentos de ceguera absoluta. En estos casos, se invierten cientos de millones de dólares en proyectos que, sobre el papel, parecen la especialidad de la casa, pero que al llegar a la mesa del espectador resultan ser una masa informe e incomible. En lo sucesivo vamos a analizar cinco de las apuestas más arriesgadas que terminaron en un desastre financiero y artístico, dejando a los estudios con una cocina sucia y una cuenta bancaria en números rojos.
El “Dark Universe” de Universal: Un menú de diez tiempos sin el primer plato
Si existiera un manual sobre cómo no iniciar una franquicia, el capítulo uno se llamaría “El Dark Universe”. Universal Pictures tenía una mina de oro en su despensa: los monstruos clásicos como Drácula, el Hombre Lobo y Frankenstein. Inspirados por el éxito del universo interconectado de Marvel, decidieron que ellos también querían su propio buffet temático. Sin embargo, cometieron el error fundamental de cualquier restaurante que fracasa antes de abrir al anunciar una expansión masiva con carteles de neón y fotos de celebridades antes de comprobar si la primera receta funcionaba.
Todo comenzó con La momia, protagonizada por Tom Cruise. A pesar de que el estudio tenía un historial impecable produciendo películas de terror de bajo presupuesto que resultaban sumamente rentables, aquí decidieron que la clave era la acción genérica y explosiones constantes. El resultado fue un plato insípido que intentaba ser demasiadas cosas a la vez: una cinta de acción, un inicio de saga y un drama romántico. La crítica y el público no fueron seducidos y Dark Universe murió antes de empezar, dejando una foto promocional de actores famosos (Johnny Depp, Javier Bardem, Russell Crowe) que hoy parece un recordatorio de una cena de gala que nunca ocurrió.
John Carter: El banquete de 250 millones de dólares que se quedó frío
Disney es, sin duda, el chef más poderoso de la industria, pero incluso los mejores chefs tienen noches donde nada sale bien. John Carter es el equivalente a un restaurante de lujo que gasta todo su presupuesto en importar ingredientes exóticos de Marte, pero se olvida de ponerle sal a la comida. Basada en las novelas de Edgar Rice Burroughs, la película era la precursora de casi toda la ciencia ficción moderna, incluyendo Star Wars y Avatar. Sin embargo, cuando finalmente llegó a las pantallas, el público sintió que estaba comiendo algo que ya había probado mil veces antes.
El problema no fue solo la receta, sino el servicio. El marketing de la película fue desastroso y gastaron cerca de 250 millones de dólares en la producción y otros 100 en publicidad para que al final, el restaurante de John Carter estaba vacío. Fue una de las pérdidas más grandes de la historia de Disney, demostrando que puedes tener la receta original de la abuela, pero si dejas que otros la copien, la perfeccionen y la vendan antes que tú, tu plato original parecerá una imitación barata y recalentada.

Quibi: El servicio de comida rápida que olvidó los cubiertos
En el ámbito de la televisión y el streaming, el desastre de Quibi es, quizás, la mayor pesadilla corporativa de la década. Imaginen a un grupo de chefs veteranos (Jeffrey Katzenberg y Meg Whitman) que deciden abrir un restaurante que solo sirve comida en porciones de menos de diez minutos y que, además, prohíbe terminantemente que los clientes tomen fotos de sus platos para compartirlas en redes sociales. Esa fue la premisa de Quibi: contenido premium para dispositivos móviles diseñado para consumirse en movimiento.
Con una inversión inicial millonaria, contrató a los mejores directores y actores del mundo para cocinar bocadillos audiovisuales. Pero cometieron dos errores fatales. Primero, lanzaron el servicio justo cuando comenzó la pandemia, cuando nadie estaba en movimiento y todos preferían banquetes largos en sus televisores de 50 pulgadas. Segundo, su arrogancia tecnológica impidió que los usuarios compartieran capturas de pantalla o memes, matando cualquier posibilidad de que la comida se volviera viral por recomendación boca a boca. Apenas seis meses después de su gran inauguración, el restaurante cerró sus puertas para siempre. En años posteriores, estas fallas suelen convertirse en el tema central de documentales que analizan la soberbia corporativa y cómo el ignorar las necesidades reales del consumidor es la forma más rápida de quebrar un negocio millonario.
The Flash: Cuando el exceso de condimentos arruina el estofado
Warner Bros. y DC han tenido una relación complicada durante años y The Flash fue presentada como la gran apuesta que limpiaría el menú y resetearía todo el universo cinematográfico. Se suponía que sería la especialidad de la casa, un plato que mezclaba la nostalgia del Batman de Michael Keaton con las tendencias modernas del multiverso. Pero, como diría Ramsay, había demasiadas manos en la cocina.
La película sufrió años de retrasos, cambios de dirección, regrabaciones constantes y polémicas fuera de la pantalla por parte de su protagonista. Para cuando llegó a los cines, los efectos visuales se veían irónicamente desatinados. El estudio intentó compensar la falta de una base sólida agregando cameos innecesarios y referencias nostálgicas pero el público, ya saturado de tantas variantes de la misma receta en otras franquicias, simplemente decidió no reservar mesa.

Cats: Un postre visualmente indigesto que espantó a los comensales
Si alguna vez hubo un proyecto que necesitara una intervención urgente antes de salir a la luz, fue la adaptación cinematográfica del musical Cats. Aquí, el problema no fue la falta de presupuesto ni de talento (contaba con ganadores del Oscar como Judi Dench y músicos como Taylor Swift), sino una visión estética que resultó ser una pesadilla visual. Los directivos decidieron usar una tecnología de pelaje digital que transformó a los actores en híbridos humano-felinos que caían directamente en el valle de la incertidumbre, provocando rechazo inmediato en lugar de admiración.
Al igual que un chef que insiste en decorar un postre con ingredientes que no combinan (como ponerle salsa de pescado a un pastel de chocolate), el director Tom Hooper se mantuvo firme en su visión hasta que fue demasiado tarde. El resultado fue un espectáculo que generó risas involuntarias y horror en partes iguales. No solo fue un fracaso en taquilla, sino que se convirtió en el hazmerreír de la industria.



